TODO CELES

7 May

Hola, muchachada de 3º.

A la vista de los textos del libro de clase y con el fin de complementar el estudio de la obra en cuestión, añado y destaco algunos fragmentos y referencias sobre “La Celestina” de Fernando de Rojas (1499):

ACRÓSTICO COMPLETO DE LA POESÍA INICIAL

CALISTO EXPRESA SU AMOR POR MELIBEA (ACTO I)

CALISTO.- ¿No te digo que hables alto cuando hablares? ¿Qué dices?
SEMPRONIO.- Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de herejía lo que ahora dijiste.
CALISTO.- ¿Por qué?
SEMPRONIO.- Porque lo que dices contradice la cristiana religión.
CALISTO.- ¿Qué a mí?
SEMPRONIO.- ¿Tú no eres cristiano?
CALISTO.- ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo.
SEMPRONIO.- Tú te lo dirás. Como Melibea es grande, no cabe en el corazón de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es más menester. Bien sé de qué pie coxqueas. Yo te sanaré.
CALISTO.- Increíble cosa prometes.

CALISTO ES RECHAZADO POR MELIBEA (ACTO I)

CALISTO. – En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA.- ¿En qué, Calisto?
CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase, y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese.  Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías, que por este lugar alcanzar yo tengo a Dios ofrecido, ni otro poder mi voluntad humana puede cumpIir. ¿Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre, como agora el mío?  Por cierto, los gloriosos santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo.  Mas, ¡oh triste! que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventuranza, y  yo, mixto, me alegro con recelo del esquivo tormento que tu ausencia me ha de causar.
MELIBEA.- ¿Por gran premio tienes éste, Calisto?
CALISTO.- Téngolo por tanto, en verdad, que, si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.
MELIBEA.-  Pues aún más igual galardón te daré yo si perseveras.
CALISTO.- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra habéis oído!.
MELIBEA. – Mas desaventuradas de que me acabes de oír, porque la paga será tan fiera cual  la merece tu loco atrevimiento;

PÁRMENO TIENE LA SOLUCIÓN: CELESTINA (ACTO I)

PÁRMENO.- ¿Por qué, señor, te matas? ¿Por qué, señor, te congojas? ¿Y tú piensas que es vituperio en las orejas de ésta el nombre que la llamé? No lo creas, que así se glorifica en le oír, como tú cuando dicen «diestro caballero es Calisto». Y demás de esto es nombrada y por tal título conocida. Si entre cien mujeres va y alguno dice «¡puta vieja!», sin ningún empacho luego vuelve la cabeza y responde con alegre cara. En los convites, en las fiestas, en las bodas, en las cofradías, en los mortuorios, en todos los ayuntamientos de gentes, con ella pasan tiempo. Si pasa por los perros, aquello suena su ladrido; si está cerca las aves, otra cosa no cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las bestias, rebuznando dicen «¡puta vieja!». Las ranas de los charcos otra cosa no suelen mentar. Si va entre los herreros, aquello dicen sus martillos. Carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores, todo oficio de instrumento forma en el aire su nombre. Cantan los carpinteros, péinanla los peinadores, tejedores, labradores en las huertas, en las aradas, en las viñas, en las segadas con ella pasan el afán cotidiano. Al perder en los tableros, luego suenan sus loores. Todas cosas que son hacen, a doquiera que ella está, el tal nombre representan. ¡Oh, qué comedor de huevos asados era su marido! ¡Qué quieres más, sino que si una piedra topa con otra luego suena «¡puta vieja!»!
CALISTO.- Y tú, ¿cómo lo sabes y la conoces?
PÁRMENO.- Saberlo has. Días grandes son pasados que mi madre, mujer pobre, moraba en su vecindad, la cual, rogada por esta Celestina, me dio a ella por sirviente; aunque ella no me conoce por lo poco que la serví y por la mudanza que la edad ha hecho.

LA ALCAHUETA CELESTINA Y SU MEDIACIÓN (ACTO IV)

CELESTINA.- Bien tendrás, señora, noticia en esta ciudad de un caballero mancebo, gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto.
MELIBEA.- ¡Ya, ya, ya! Buena vieja, no me digas más, no pases adelante. ¿Ése es el doliente por quien has hecho tantas premisas en tu demanda?, ¿por quien has venido a buscar la muerte para ti?, ¿por quien has dado tan dañosos pasos, desvergonzada barbuda? ¿Qué siente ese perdido, que con tanta pasión vienes? De locura será su mal. ¿Qué te parece? Si me hallaras sin sospecha de ese loco, ¿con qué palabras me entrabas? No se dice en vano que el más empecible miembro del mal hombre o mujer es la lengua. ¡Quemada seas, alcahueta, falsa, hechicera, enemiga de honestad, causadora de secretos yerros! ¡Jesú, Jesú! ¡Quítamela, Lucrecia, de delante, que me fino, que no me ha dejado gota de sangre en el cuerpo! Bien se lo merece, esto y más, quien a estas tales da oídos. Por cierto, si no mirase a mi honestidad, y por no publicar su osadía de ese atrevido, yo te hiciera, malvada, que tu razón y vida acabaran en un tiempo.

MELIBEA LE RECONOCE A CELESTINA SU AMOR POR CALISTO (ACTO X)

MELIBEA.- Tantas veces me nombrarás ese tu caballero, que ni mi promesa baste ni la fe que te dí a sufrir tus dichos. ¿De qué ha de quedar pagado? ¿Qué le debo yo a él? ¿Qué le soy en cargo? ¿Qué ha hecho por mí? ¿Qué necesario es él aquí para el propósito de mi mal? Más agradable me sería que rasgases mis carnes y sacases mi corazón que no traer esas palabras aquí.
CELESTINA.- Sin te romper las vestiduras se lanzó en tu pecho el amor. No rasgaré yo tus carnes para le curar.
MELIBEA.- ¿Cómo dices que llaman a este mi dolor, que así se ha enseñoreado en lo mejor de mi cuerpo?
CELESTINA.- Amor dulce.
MELIBEA.- Eso me declara qué es, que en sólo oírlo me alegro.
CELESTINA.- Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.

MUERTE DE CELESTINA (ACTO XII)

SEMPRONIO.- ¡Oh vieja avarienta, garganta muerta de sed por dinero! ¿No serás contenta con la tercia parte de lo ganado?
CELESTINA.- ¿Qué tercia parte?  Vete con Dios de mi casa tú.  Y esotro no dé voces, no llegue la vecindad.  No me hagáis salir de seso.  No queráis que salgan a plaza las cosas de Calisto y vuestras.
SEMPRONIO. – Da voces a gritos, que tú cumplirás lo que prometiste o cumplirás hoy tus días.
ELICIA.- Mete, por Dios, el espada.  Ténle, Pármeno, ténle, no la mate ese desvariado.
CELESTINA.- ¡Justicia, justicia, señores vecinos; justicia, que me matan en mi casa estos rufianes!
SEMPRONIO.- ¿Rufianes o qué?  Esperad, doña hechicera, que yo te haré ir al infierno con cartas.
CELESTINA.- ¡Ay, que me ha muerto, ay, ay! ¡Confesión, confesión!
PÁRMENO.- ¡Dale, dale, acábala, pues comenzaste! ¡Que nos sentirán! ¡Muera, muera; de los enemigos los menos!
CELESTINA.- ¡Confesión!

Y PARA EL QUE HAYA AGUANTADO LEYENDO HASTA AQUÍ…
LA MUERTE DE MELIBEA Y EL PLANTO DE PLEBERIO (en vídeo, fragmento del final de la película “La Celestina” (1996).

Por cierto, hay dos versiones cinematográficas: ambas españolas, una de 1969 y otra de 1996. Ambas son flojas y desmerecen la obra. + INFO


Ah… y lo último: una versión comprimida y audiovisual de La Celestina

LA CELESTINA. Fernando de Rojas (1499)

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