McroRLT-3 Retorna Scott

9 Oct

Hola muchachada,

tal y como os comenté aquí os escribo el relato de Pilar Adón que forma parte de su libro “El mes más cruel “(Impedimenta, 2010). Está protagonizado por Scott. Espero que lo disfrutéis y que os inspire para elaborar un buen relato.

LOS SERES EFÍMEROS

Cuando Scott regresó a Inglaterra no entendió la ausencia de vítores. ¿Es que sus compatriotas habían olvidado cómo se recibe a los héroes? Nadie había ido a esperarle. Así que tomó un coche y, de camino a casa, empezó a preocuparse.

El inmenso silencio de su hogar hizo madurar esa semilla inicial de preocupación. Vagó por la salita y, súbitamente, dio con la portada del periódico vespertino. En ella aparecía una fotografía que ilustraba la hazaña que él mismo había consumado. Se acercó, contempló la imagen y parpadeó repetidas veces. El titular estaba equivocado. Todo aquello era un terrible error… Leyó: “El noruego Amundsen regresa a casa sano y salvo. La Historia le reserva ya el inmenso honor de ser el primer hombre en llegar al Polo Sur”.

Scott cerró los ojos y se dejó caer en una silla.

*   *   *

Segundos más tarde volvía a abrirlos. El frío extremo no había disminuido. Y tampoco su agotamiento. Nevaba. Scott recordó que Evans y Oates habían muerto, y ahora sabía que tampoco él regresaría jamás a Inglaterra. Buscó su diario y, en el interior de su tienda, escribió: “Si hubiéramos sobrevivido, habría podido narrar la historia de la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros; una historia que habría conmovido el corazón del cualquier inglés…”.

Los mejores relatos de la clase en los que recogéis el regreso a casa de Scott han sido los siguientes… (enhorabuena a l@s premiad@s)

DULCE HOGAR, DULCE ODIO

Aún recuerdo el aire frío en mis pulmones, mis manos y pies helados; con el fracaso delante y el peligro del regreso algo después sientes más las cosas de las que te rodeas.

Varios hombres de mi tripulación habían muerto, valientes marieneros cuyos nombres no serán recordados. Parecía todo perdido, pero no me rendí, conseguimos llegar a casa, pero no con la gloria en nuestras manos. El mundo nos miraba con ojos de fracaso.

Amundsen, ese hipócrita egoístas, tenía el placer en sus manos… no lo merecía. Pasaron días, semanas, y así un año. Todo el mundo seguía hablando de las hazañas de mi rival, pero de mí, susurraban… odio los susurros, esos murmullos que rodean tus pensamientos, silencios e ideas.

El día 25 de diciembre de ese mismo año, Amundsen tuvo la desvergüenza de presentarse en mi casa. El muy canalla me soltó:

– Feliz navidad Scott, espero… que pases buenas fiestas. ¡Ah! otra cosa… mi más sincero pésame por la muerte de tus valerosos compañeros.

¡Cretino! se dio la vuelta con una sonrisa que daba escalofríos. El odio se apoderó de mí, cerdo estúpido. Si no fallecía antes de regresar, debería haber muerto. Me queaba poco. Mi ira y mi locura acabarían conmigo.

Cogí un cuchillo y se lo clavé por la espalda.

Amundsen cayó al suelo. Uno de sus acompañantes sacó su pistola y disparó. Me dio en el estómago. Una muerte dolorosa y lenta.

Le pedía a Lucy, mi doncella de confianza, que escribiese en mis diarios estas últimas palabras; la pobre muchacha así lo hizo. De esta forma se acaba mi vida, todo se vuelve oscuro y hace mucho más frío que en el polo sur, el cuerpo se paraliza y…

*          *          *          *          *

“Scott murió. Solo espero que el lugar donde vaya sea mejor que en el que estuvo.”

– Dame la mano, Lucy y apriétamela fuerte; no quiero morir solo, tengo… tengo… tengo miedo…

Lucía Hernández

REGRESO A LA CIVILIZACIÓN

No sabía cómo me recibirían, no sabia quién acudiría a mi encuentro, no sabía qué ocurriría a partir de ahora. Millones de preguntas se me venían a la cabeza en el camino de regreso a casa. Los caballos iban un poco más lentos, pero no podía dejar a ninguno allí.

El viaje fue largo, pero por fin había llegado a mi querida Inglaterra. Sólo habían pasado unos meses, o eso creía yo. Preguntaba a los viandantes, pero nadie me reconocía ni me explicaba qué era lo que estaban todos celebrando. Entonces lo vi en un diario que repartía un niño por las calles de la ciudad: se cumplía un año desde que Amundsen volvío del polo sur; “el gran Descubridor”, así se titulaba el artículo.

Nadie me recordaba, me daban por muerto, excepto mi familia, así que intenté llevar una vida normal con ellos y, desde entonces, nadie ha vuelto a preguntarse qué ocurrió conmigo.

Patricia Nevado

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